el mundo mágico de las quinielas

Sé que los jóvenes actuales ni habéis oído hablar de la mili, os suena a aventuras de otro tiempo y no entendéis su contexto, pero yo sí que fui al servicio militar.

Aquel 2 de septiembre de 1974, cuando me subí al tren rumbo a Cartagena, dejé mi recién relación, aletargada. ¿Cómo sería tener novia dieciocho meses y sin poder verla? Complicado, pero no imposible. Pero había otra cosa me preocupaba en gran manera y era dejar la empresa, que tanto me había costado levantar, en otras manos.

Durante aquellos meses continué con mi afición: evaluar la probabilidad empírica de los resultados de la quiniela . Era mi evasión para un tiempo confinado.

La mili fue una experiencia difícil de olvidar, y hermosa a la vez. Sí, “dejarlo todo” me causó inquietud, pero el desafío de “volver a empezar”, me motivaba.

Dieciocho meses después, todos mis sueños guardados en castillos de cristal chocaron con la realidad. Habían viajado a altas velocidades en mi pensamiento, pero en tiempo real iban más despacio.

No veía el momento de que llegara el miércoles, y cuando ya era miércoles, de que llegara el instante justo en que mi reloj marcara las diez para escaparme del almacén, tomar un café, entrar en el quiosco y allí, ojear los periódicos deportivos. Era el día que estos incluían una plana dedicada al pronóstico del boleto semanal.

Cierto día mientras esperaba que la furgoneta descargara los fardos de periódicos del día, me entretuve ojeando el diario ABC. Entre sus páginas deportivas contenía una titulada “EL MUNDO MÁGICO DE LAS QUINIELAS” y firmada por Camilo Murillo. Me cautivó.

Camilo no pronosticaba como los demás, sino que desmenuzaba el boleto en cuatro apartados: La jornada anterior, la opinión del público (un cuadro que presentaba las sorpresas grandes, medianas, pequeñas y la lógica), un ejemplo de columnas bien pagadas, la presente jornada (un cuadro dividido en 4 Forasteros, 4 Peligrosos, 3 Caseros y 3 Muy Caseros; junto el rostro del boleto) y además, siempre iniciaba la página con alguna narración educativa.

Este hallazgo cambió mi forma de entender las quinielas y su estudio. Algunas semanas Camilo hablaba de su libro. “Si hay tanta sabiduría contenida en una plana, cuánta habrá en un libro”, pensaba. Lo busqué sin éxito. Ni circulaba por las editoriales que yo conocía, ni en las librerías que frecuentaba.

A medida que se acercaba el verano de 1977, mi búsqueda del libro quedó relegada por acciones más importantes: buscar iglesia, crear la lista de boda, concertar el viaje y todo lo concerniente a mi inminente boda.

Al regreso del viaje de boda, todavía quedaban días de calor y nos fuimos a Madrid un fin de semana. Y, si hablamos de la capital, no podíamos pasar por alto el famoso Rastro. Así que después de desayunar, nos dirigimos hacia allí.

Suele impresionar por la cantidad de gente que se reúne. Los puestos temporales montados ocupan gran parte de la calle, dejando poco espacio para caminar, formando dos regueros de personas que suben y bajan.

Pasamos frente a una vendedora de ¡castañas!, un vendedor de cuadros, una cantina donde se escuchaba música, acompañada de voces; de repente . . . no podían faltar allí los libros. Estaban sobre mesas o extendidos en el suelo sobre lonas y a su alrededor, gente que pregonaba su mercancía; otras discutiendo los precios, algunos en cuclillas o de rodillas revisando libros. Parecería un mercado de Dakar. ¡Aquel era el lugar perfecto para encontrar por fin el libro!

Como no conocíamos esta feria más que por alguna referencia, no sabíamos cuándo habría otro puesto con libros; así que recorrimos todo El Rastro preguntando, husmeando, rebuscando; sobre el volumen de Camilo. Todo en vano. Incluso entramos en alguna librería de lance, El Rastro está lleno de ellas.

Después de estar toda la mañana dando vueltas sin resultado, decidimos pararnos a comer en una pizzería. Bajando por la calle nos detuvimos en un escaparate que nos llamó la atención. Pertenecía a una vetusta librería. Junto a los libros que estaban expuestos, había unas pequeñas esculturas de metal. Simulaban figuras humanas pero de una forma simplista, casi abstracta. Nos parecieron muy curiosas y entramos a preguntar. Dentro de la librería olía a libro viejo y a polvo.

Una mujer de entre setenta años he indefinido, de figura pálida e incluso ojerosa, delgada, con una bata de vestir, perdida en sus especulaciones, ignorante de las noticias del día, si bien versada en los catálogos de las librerías de lance, en cuyos oscuros recintos pasaba las horas de luz diurna: un personaje sin duda delicioso en su sencillez refunfuñona, estaba detrás de un pequeño mostrador, sobre el que se apilaban numerosos volúmenes de forma algo caótica.

—Buenos días. Disculpe, que figuras tan bonitas tiene en el escaparate— dije para no preguntar por el libro de sopetón, y me percate de que la mujer trataba de contener una expresión de satisfacción, al tiempo que se incorporaba rápidamente.

—Pues la verdad es que las hace mi sobrina. Están un poco de adorno —dijo complacida.

—Me han parecido muy originales —respondí —. A mi mujer le han encantado.

—Me alegro de que le gusten. La gente de por aquí no suele apreciarlas. Alguna vez turistas, pero nada más.

—Pues a mí me parecen buenas. La verdad es que venía buscando un libro desde hace ya tiempo — dije entrando al asunto que me interesaba.

—¿Cuál es su título?

—El mundo mágico de las quinielas —dije, sin mucha confianza de que lo tuviera.

La mujer encorvó un poco la espalda para agacharse. Metió la mano debajo del mostrador, sacó el libro y lo colocó encima, levantando una nube de polvo. Soltó un profundo suspiro, sonrió y dijo, despacio: “¡Estás de suerte!”

¡ZAS! Ahí lo tenía…delante de mi…no me inspiraba lástima su estado, al contrario: un libro desvencijado, con hojas amarillentas, era evidente de que se había leído y pasado por muchas manos. Jugué a adivinar las personas que lo han tenido, quienes lo habían desechado, acaso las que lo echaban de menos.

179 páginas de sabiduría, de experiencia que me costaron 200 pesetas. Casi a peseta la página. Las di por bien empleadas y me fui contento con mi mujer a comer pizza.

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