Pequeño gran coche

Os quiero contar tres historias de mi vida. Nada especial. Solo tres historias.

Pero a diferencia de otras que no tienen nada en común, estas están relacionadas por un denominador común: un coche SEAT 133. He reunido tres situaciones y las he juntado en un relato.

La primera trata sobre “la frágil línea de la vida”.

En medio de una autopista de la Comunidad Valenciana. Una nube de abejas, chirrido de frenos, pérdida de control e impacto.

Fueron segundos, pero cuando das vueltas como un calcetín en una lavadora, pareció una eternidad.

Tras un momento suspendido en el tiempo, carente de gravedad y lógica, pensé en cómo había llegado hasta allí.

El plan era simple. Viajar de Valencia a Altea en mi Seat 133, para pasar un fin de semana en compañía de mi mujer y unos amigos: Jaime y Leonor.

Cien kilómetros de autopista y sin prisa, permitía hacer un viaje tranquilo.

Cuando el Yo Actual peligró, de inmediato mi consciencia volvió al momento del choque, siendo parte de una tómbola de vidrio roto, ruido de portazos, griterío y sonido de ambulancia. Hasta que todo se detuvo con la misma violencia con la que había empezado.

El silencio se apoderó del destartalado auto, mientras el sol y el vientodiscutían para ver quién entraba primero por el inexistente parabrisas.

Y ahí estábamos, en medio de la autopista. Absolutamente estáticos.

Eventos tan irreales son imposibles de procesar de inmediato, por lo que tomó varios minutos para que siquiera alguien se moviera. Tiempo suficiente para que todos pudiéramos ver el tropel de abejas. A las malditas abejas responsables del accidente, que salían del interior y desaparecían en el paisaje en busca de otro lugar donde establecerse.

El suspiro de alguien, generó un efecto dominó de hilaridad que terminó en una histérica mezcla de dolor, llanto y risa.

“¿Todos estamos bien?”, pregunté.
Suspiros.
“¿TODOS ESTAMOS BIEN?”
¡Sigh!…“Sí”, ¡ains!

Silencio.

Mi segunda historia es sobre una extraña experiencia de la realidad.

En una inhóspita noche de frío, lluvia y viento, una capa de vaho cubre el interior del parabrisas. Seco una franja con el dorso de la mano para ver mejor. Las escobillas no dan a basto y la luz de los faros apenas consigue abrirse paso unos pocos metros a través de la oscuridad y la lluvia.

Los neumáticos resbalan ligeramente sobre el asfalto. Me inclino sobre el volante, con los ojos entrecerrados, haciendo un esfuerzo por distinguir el camino que hay por delante. Aun así, el siguiente bache me pilla de improviso y golpeo con la cabeza en el techo del vehículo. No es la primera vez que pasa y tampoco será la última.

De repente, veo la luz roja del indicador de temperatura. Los faros dibujan un triste restaurante de carretera. En una arriesgada maniobra giro bruscamente el volante para cambiar de dirección y dirigirme hacia él.

El coche traquetea haciendo eses, fuera de control, se sale de la carretera y cae en una pequeña zanja, donde se detiene. Noto un calor húmedo en la ropa interior que no estaba ahí antes. Aun así, ese parece el mal mayor. He salido ileso del accidente.

Temblando por la impresión y el frío, abandono el vehículo. Me gustaría ser la clase de persona que lleva siempre un paraguas en el maletero, pero lo único que hay dentro es una mochila, una manta, un libro de programación y unos kilos de naranjas obsequio de un alumno. Trago saliva.

Me protejo de la lluvia con la manta y gateo fuera de la cuneta, hasta la carretera. Me froto el entrecejo y empapado de pies a cabeza empiezo a caminar bajo la incesante lluvia, hacia el restaurante. Los relámpagos iluminan el recinto a intervalos irregulares, pero dramáticos. Es un local antiguo, «ancestral» y pienso: «¿Dónde narices voy a conseguir ayuda a estas horas?»

Tomando la situación con calma y filosofía, pido un café con leche a la persona detrás de la barra y le narro la situación. Este me señala al único cliente que hay en el establecimiento. Es un gruista que está realizando labores de asistencia en carretera. Saca el coche del atolladero. Le doy las gracias y un billete.

En días posteriores intento encontrar el local para darle las gracias. Nunca lo encuentro…

Si creía que estaba a salvo de “expedientes extraños de gran misterio, llegó otro suceso que empeoraría aún más la situación. No recordaba ninguna acción lo suficiente mala como para ser digno de semejante castigo, tampoco había roto ningún espejo en los años de mi vida, ni me había cruzado con un gato negro, ni me había mirado un tuerto, pero la verdad era que el cúmulo de “Casos Extraños” empezaba a ser crónico.

Mi tercera historia es sobre la inmolación.

Quizá aún no tenía achaques, pero el coche se hacía mayor. Le tengo un cariño especial, pues juntos pasamos los días felices del cambio de domicilio y el nacimiento de dos vástagos. Él sufrió una depresión desde que el grueso del ejercito abejeril hizo posesión de su conquista: se calentaba por cualquier motivo y los vehículos abusones le golpeaban, sin motivo, causándole desperfectos.

Le instalé una medida paliativa para aliviar su sufrimiento: un circuito cerrado de agua que le bajaría los humos y daría nuevos bríos.

Se lo veía jovial, con el ánimo renovado y vivaz cuando fuimos a Villarta. Durante el camino de regreso a casa, bajaba vivaracho la cuesta de tres kilómetros y medio del “Portillo de Bunyol”, donde solo trabajaban sus zapatas.

De repente escuché un estruendo extraño, como una explosión, seguido de un petardeo proveniente del motor. El sonido de un tosco claxon me obligó a mirar por el retrovisor. Mi semblante se puso lívido al ver una llamarada de fuego que salía del motor y me detuve.

Un camionero alertó a los cuerpos de seguridad y se acercó arrastrando su humanidad, con un ridículo extintor bajo el brazo que vació cubriendo la calzada, además del coche. ¡Pero no!, las llamas se volvieron incontrolables y lo envolvieron todo a pesar de los esfuerzos. Devorando el coche por completo.

Era como ver una película basada en echos reales. Ese es el recuerdo más nítido que tengo de aquellos momentos.

Sin embargo, la situación guardaba otra gran sorpresa; sin esperarlo, el vehículo arrancó, encendió sus luces y avanzó lentamente sobre la pendiente del puerto.

“¡No te acerques. Puede explotar!”. Sin prestar atención al grito del camionero que me llegaba desde atrás, corrí hacia el coche y giré su volante para que este chocara contra el “quitamiedos”.

Alertados por la llamada del camionero, llegó una furgoneta oscura en cuyo frente campeaba el rótulo de Atestados e Informes. Los recién llegados comenzaron a hacerme preguntas, impertinentes algunas, y me “invitaron” a subir para soplar por la boquilla del etilómetro.

Uno de los agentes, que quedó decepcionado al ver el resultado, me manifestó: “No suele beber nunca ¿verdad?”. Y a continuación “¿Me puede pasar la documentación del coche?”

Me introduje con algo de temor en el interior del auto carbonizado para recoger la petición del agente. Aquello era un amasijo chamuscado de papeles y plástico. “Anotaremos el número del bastidor y lo daremos de baja.”, me dijo el policía al verlo.

Mientras tanto, apareció una grúa y un coche de bomberos. Estos últimos rociaron una nube de espuma para evitar que el viscoso líquido negruzco derramado por la carretera, ejerciera de “aquaplaning” resbaladizo.

La furgoneta de atestados desaparecía de la escena; mientras el operario de la grúa enganchaba mi coche para llevarme a casa. De camino, el gruista se quejaba por el viaje extra al llevarme, y a su vez yo maldecía mi suerte; formábamos un dueto de lamentos sin escucharnos el uno al otro.

Por suerte los ordenadores para las clases se habían quedado en el pueblo. Pero después de esa cadena de acontecimientos, incluido el suicidio del coche, ocurridos desde que daba clases; tuve la sensación de que mi ángel, “el Zurrón”; algo me estaba diciendo.

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