Aún creo verlo, y lo veré siempre, en sus horas de rudo trabajo. Generoso, robusto. Parece que fue ayer cuando abrí por primera la caja, con ese olor a producto tecnológico nuevo que antes rezumaban al abrirlas. Lo cogí con la delicadeza que se toma a un bebe. Al enchufarlo noté las palpitaciones de su corazón de silicio, minúsculo pero vivo.
Si digo que: “el Spectrum cayó del cielo, directo a mis manos”, estoy seguro de que muchos de vosotros no me creeréis. Como tampoco lo haréis al oírme decir que: “el ordenador me cambió la vida”. Con dificultad podré persuadiros a creerme y lo dudareis, porque esperar a que algo caiga del cielo “es un tópico que perdió su prestigio hace tiempo”.
Pero no importa: la verdad termina imponiéndose. Un ordenador me cayó del cielo y me cambió la vida.
Si tuviera que contar la historia, desde mi perspectiva, de cómo llegó a mí el aparato, con gran pompa e impostando la voz como si fuera el narrador de una película, diría:
Una joven mujer se desplaza con dificultad entre los laberínticos pasillos formados por los puntos de venta de un gran almacén. Esto le suele gustar, aunque en esos instantes no le resulta nada agradable. Aquella mañana, un enorme gentío abarrotaba los estrechos espacios dejados entre las islas comerciales.
Se mimetiza con el entorno gracias a la chaqueta de lana, la falda escocesa por debajo de las rodillas y los zapatos marrones de tacón bajo, pero el bullicio le produce una sensación irritante y cambia de pasillo buscando las escaleras que conducen al sótano.
Observa entre los huecos vacíos de las estanterías, cómo se mueven los compradores y los dependientes del comercio.
Se sube las gafas redondas que resbalan por su nariz a intervalos de dos minutos exactos.
Usa la escalera mecánica para bajar hasta el sótano. Un directorio le informa que está en el lugar correcto: Deportes, Juguetes, Informática.
Pasa de largo de la sección de prendas deportivas.
Ignora las islas de caza, pesca y deportes de invierno.
Da un respingo al coincidir, en la esquina de juguete infantil, con un mocoso que le muestra con orgullo un ejemplar de Teddy Ruxpin, el oso que puede hablar.

Le sonríe, revuelve el pelo del niño quien también ríe y huye directa hacia la informática.
Un dependiente se acerca.
—¿Le puedo ayudar? Tenemos lo último en calzado deportivo.
Con un gesto suave rechaza el ofrecimiento y sigue hacia delante.
Regresa al punto de partida para orientarse. Mira a izquierda y derecha
Rodea cada pasillo, ahora mirando en los estantes que le caen a la altura de los ojos.
Se cierra la chaqueta al pasar junto a un hombre trajeado de mediana edad que busca algo para su mujer.
Casi choca con una anciana despistada, se aparta y musita una disculpa que la anciana intenta oír ajustando el volumen de su audífono.
Evita el fondo de la tienda, reservado al deporte en casa.
Por fin, divisa el cartel de informática. Mira a ambos lados, no hay nadie más. Consigue parar a un dependiente y le pregunta. Este aparta una voluminosa caja para coger una más pequeña que se oculta detrás y se la entrega.
Camina deprisa hacia el mostrador de la entrada donde la anciana está pagando unas mallas de deporte, mientras le cuenta a la cajera que se las va a regalar a su nieta, que se va a vivir sola.
La mujer descansa el paquete en el mostrador porque pesa. La anciana se marcha.
Ella vuelve a mirar a su alrededor y acerca el paquete junto a la caja.
Sus mejillas adquieren un color rojo y su respiración se acelera levemente.
—Yo también llevo uno— dice una voz detrás de ella, un hombre de avanzada edad—. Es para mi nieto.
Ella saca la cartera del bolso con torpeza. Se sonroja aún más.
Suelta la tarjeta de cliente y unos billetes sobre el mostrador.
—Su compra, señora —.La cajera le acerca la bolsa.
—Es para regalárselo a mi marido —.Se justifica ella al recogerlo.
Se sube las gafas, se cierra la chaqueta y huye por la puerta sin mirar atrás
En ese momento, no imagina la influencia que tal presente tendrá para cambiar una vida y a la vez afectar la suya propia. Será el instante en que el devenir toma un desvío inesperado que no puede siquiera adivinar. Siempre hay un principio en las historias… lo difícil es reconocerlo.
Hay un día en que todo empieza. No me refiero al nacimiento, ni siquiera a la historia de la humanidad en sí misma, sino a ese momento a partir del cual algunas personas toman lo que puede parecer como un desvío en su vida, pero en realidad es el camino más directo y el que más fortalece su destino. Es entonces, y solo entonces, cuando empieza el esfuerzo, cuando advertimos que los sueños… en alguna medida nos pertenecen.
Llegado a este punto, la duda se cierne en fijar en qué momento, en qué día sucedió todo, y tener la sangre fría de contarlo tal como fue.
Poco tiempo duró mi enamoramiento. Meses quizás. Le fui infiel con un Amstrad. La fiabilidad para guardar el trabajo, la ausencia de cables y su teclado me cautivo. Pero como buen amante, debía volver al gomas cada cierto tiempo para hacer su versión del último juego. Así que emulando a Antonio Machin podría decir: “Cómo se pueden querer dos ordenadores a la vez. Y no estar loco.”
En 1986 cumplí el primer tramo de mi plan explicado aquí: http://jovitech.es/juegografia/el-videojuego-cambio-mi-vida/

En 1987 además, el desarrollo de juegos fue aumentando. Y durante un tiempo fui un nómada digital, dando clases de informática por los pueblos y desarrollando en los tiempos muertos, que solían ser todas las mañanas.





Magnífico relato del cual me siento profúndamente identificado.
Desde el «gomas» de 48Kb hasta el Amiga 500, pasando por el +2, Amstrad CPC, MSX, etc…
Añoro mis tiempos de desarrollador en Assembler y mis amistades jugando noches enteras ante una pantalla con gráficos a 8 colores.
Me gusta el presente, pero cada día se hace mas cierto el dicho de que «cualquier tiempo pasado fué mejor»…
Un fuerte abrazo Jose Vicente, espero algún día nuestros caminos coincidan.