El videojuego cambió mi vida

El camino de la vida consiste en elegir, pero escoger bien. A menudo nos encontramos con el dilema de seleccionar entre la pastilla roja y la pastilla azul. La reflexión sobre tal decisión a este engaño encubierto, es que ambas son una trampa. Aunque una de ellas se nos presente como la idónea, es imposible saber qué hubiera pasado si hubiéramos escogido la otra. El pasado no va a cambiar, a no ser que tuviéramos una máquina del tiempo para poder viajar al pasado y cambiar los hechos. En tanto que no poseamos esta máquina, los hechos son inamovibles. Pero yo no diría que son ‘inmutables’. ¿Por qué? Porque el pasado adquiere significado de acuerdo a cómo lo reconstruimos y lo reestructuramos ahora, en el presente.

Todo se da cuando ha de darse. Todo pasa en el momento indicado, en el momento en que estamos preparados, ni antes ni después. El “si hubiera” no existe. Piénsalo por un momento.

Sea como sea, allí estaba yo, soñando arriba de un tren. La interpretación de ese sueño indicaría transición, pero no estaba dormido. No. Estaba bien despierto.

Meses después de tener el ordenador Spectrum “el gomas”, me encontraba camino de Madrid para visitar el SIMO, una feria donde se exponía las últimas novedades en informática y material de oficina, con un videojuego en la mochila. Pero lo que no intuía era que ese día empezaría la historia que marcaría mi vida por completo.

El SIMO estaba lleno de stands por todas partes, tortuosos pasillos y largos corredores que se entrecruzaban, de modo que era fácil que pudiera perderme en aquel laberinto.

De pronto, vi un stand decorado con portadas de revistas. En el espacio interior se observaba un aspecto descuidado, sin albergar ningún tipo de elemento embellecedor, por lo que habían decidido combinar gran cantidad de revistas y casetes por doquier y se había diseñado un gran cometa en una de las paredes del interior. Unos cactus era toda la flora utilizada, flora que requería un mantenimiento mínimo.

Por un momento me sentí agobiado cuando entré en el stand de la editorial, pero ya estaba dentro y, ¡qué diablos!, no podía echarme atrás; para eso había llegado hasta allí. Hablé con Luis Sanguino (el Director Técnico de la editorial) y en menos de lo que costó visualizar el videojuego que llevaba, llegamos a un acuerdo para distribuir los juegos que yo desarrollara y encima me iban a pagar.

Dos meses después, septiembre de 1986, se publicó mi trabajo en la revista “Programando Mi Amstrad” n.º 3 que incluía mis primeros cuatro juegos: Gusanin, Tragoncete, Carrera Alpina y Los invasores. Recogidos en un casete, bajo el sello de editorial Cometa al precio de 540 pesetas (3 euros)

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