Es evidente apreciar cómo cada amanecer la oscuridad me va quitando luz en mi evasión mañanera. A estas alturas, la salida del sol solo es una promesa y aunque la neblina que protagoniza todas las madrugadas ya se ha desvanecido casi del todo, como todos los años, esta neblina de forma lenta, a diario, me atrapará hasta acariciarme con su fría humedad en mi caminata deportiva.
En mi recorrido hacia el este, todavía me deslumbran los primeros rayos de sol, que en breve me alcanzarán por la espalda en mi regreso a casa.
Disfruto con toda la energía que me brinda ser espectador del nacimiento de un nuevo día, de un nuevo sol, y con ello, un reto diferente y único. Voy a paso ligero, por mi derecha. No sé si estoy anticuado o ahora somos ingleses y debo circular por la izquierda, pero más de uno se intenta colar por el espacio que dejo al andar cerca de la pared. ¿Nadie les enseña la norma de la derecha?
Debería regresar a televisión el programa “Barrio Sésamo” para que algunos se orientaran en la vida: arriba y abajo, lejos y cerca, izquierda y derecha. Y ahí entraban Epi y Blas, claro.
Si llueve, lo lógico es que las personas que llevan paraguas no vayan tan pegados a la derecha para dejar la protección del edificio a quien no lleva paraguas. Puede no ser tan «protocolario» pero si es una muestra de «deferencia» a los que necesitan la protección del edificio. Pero no, hay quien incluso circula en sentido contrario, con su paraguas 4×4, y no se aparta lo más mínimo aunque vayas desguarnecido, por tu derecha y bajo las cornisas para no mojarte. Y si por un casual te quedas mirando para reprimirlo/la, aún te dirá: “a ver si andas con más cuidado”.
En estos momentos que es tan importante mantener el distanciamiento social, observo con asombro la facilidad con que tantos se olvidan de las normas básicas de convivencia.
No se necesita ser un sabio para entender que las aceras son para los peatones. Existen algunos tramos exclusivos para ciclistas y patinetes, llamados carril bici. Pero observo que algunos de ellos han tomado las aceras como si fuesen suyas. Circulan a velocidades respetables y pasan por donde y cuando les viene en gana.
Pero estos no son todos los obstáculos que me encuentro en mis paseos. Depende que estos sean matutinos o vespertinos van cambiando.
Los dueños de mascotas sufren de estrés al realizar el paseo diario. Donde es difícil adivinar quién saca a pasear a quién. Tratando de controlar a su amigo canino tirando fuerte de la correa. Algo que resulta incómodo y muy estresante para los dos. Además, bloquean la acera con sus larguísimas correas extensibles y cuando algún viandante necesita pasar. La solución siempre es la misma: tirar de la correa.
Me cruzo con legiones de zombis que circulan sin mirar al frente. Son los tecnófonos, que smartphone en ristre, con la testuz inclinada, encorvados, silenciosos, absortos; van andando mientras hablan sin parar o, en el peor de los casos, escriben a toda prisa mensajes por WhatsApp. A todos estos les denomino durmientes verticales.
Es por eso que en algunas ciudades del mundo se han llegado a crear carriles exclusivos en las aceras por los que solo pueden circular personas que vayan con el móvil.
Y también me encuentro con los que por un instante se les ha fugado el cerebro. No saben a dónde van. Titubeantes. Inmóviles. Con los ojos perdidos y la mente en blanco. Por eso pienso: «en ocasiones veo muertos.»
En ocasiones, las molestias son por la estrechez de la acera o la por presencia en ella de numerosos obstáculos: las señales, postes de servicios, contenedores de residuos y otros elementos del mobiliario urbano, las terrazas de los bares, fruterías y tiendas de justiprecio, motos, furgones, vallas, colas de espera y montones de enseres desechados; ocupan una parte importante del espacio que dificultan, cuando no impiden, el paso que correspondería de forma natural al peatón .
Así que las aceras sirven para todo menos para lo que fueron concebidas. Salir a estirar las piernas se ha trasformado es una yincana.
Y esta es mi opinión. Una opinión como otra cualquiera.



