Cuando tenía cinco años me emperré en tener un caballo, pero no uno cualquiera, sino un appaloosa, que es como un perro dálmata, pero a lo bestia y de los más veloces que existen.
La tarde del 5 de enero fui con mi madre a la cabalgata. Ya casi había finalizado cuando apareció mi padre cargado con un gran paquete sobre sus hombros.
—Jovi esto me lo han dado los Reyes para ti —dijo mientras resollaba rojo y sudoroso.
Yo lo quería ver, pero no me dejaron abrirlo hasta el día siguiente. Con los nervios propios de un día de Reyes, me levanté temprano para ver los regalos que me había dejado. Y allí estaba, en medio del comedor, un balancín de madera con forma de caballo. Cogí tal berrinche con aquella farsa de caballo que tiré el balancín de un empujón y me puse a gritar, y aunque intentaron explicarme mil veces que un caballo no se podía tener en casa, yo seguía erre que erre en mi empeño.
Tanta monserga di con lo del caballo que, a pesar de que mis padres no querían, mi abuelo me trajo un perro.
El perro era muy similar al vagabundo de la película de Disney que había visto hacía unos días. Se lo encontró en la calle medio desvalido y nos lo quedamos. Le pusimos Dick, que es el nombre más freudiano que hay.

Resultó ser un perro muy cariñoso, a veces demasiado, pues cada vez que volvía de la escuela se lanzaba a por mi dándome lametones en la cara, aunque yo no paraba de hacerle trastadas: me subía encima de él como si fuera un caballo, le estiraba de las orejas, corría tras él…
Lo llevaba a pasear con correa. Nunca había reaccionado mal. No obstante, cierto día, una niña, que me doblaba la edad, no tuvo mejor idea que pasar su pierna por encima de mi cabeza a la vez que recibía un bocado en las nalgas.
Para evitar que el incidente trajera consecuencias, mi abuelo se lo llevó para abandonarlo. La primera vez que lo dejó en una cuneta de la carretera camino del puerto, Dick no se lo podía creer. Se quedó mirando hacía él, atónito, inmóvil mientras veía como se alejaba dejándolo sentado allí solo. Lo intentó varias veces más abandonándolo cada vez en un sitio distinto, un poco más lejos, para que no fuera capaz de volver de nuevo, pero siempre conseguía regresar hasta que desistió cansado de tanto menosprecio.
Tiempo después, mis padres alquilaron una casita para veranear en “la Cañada”, desde donde se veía la montaña del «Panquemao». Un día, acompañé a mi abuela al pueblo a comprar. Al entrar en una carnicería dijo: “¿Ese no es el Dick?”.
“¡Dick! ¡Dick!”, le llamamos. El perro se acercó y me lamió las manos. Después me miró dulcemente, con sus ojos tranquilos, que parecían preguntarme: ¿Porqué me abandonaste? Después se dio media vuelta y regresó despacio al interior de la carnicería hasta desaparecer. Yo también me alegré de verlo tan bien.
Sobrevivir en la calle hubiera sido una misión imposible para Dick de no ser por la suerte que tuvo de que Paco, el carnicero de La Cañada, lo encontrase una noche en la que dormía al fondo de un callejón. Le dio tanta pena verlo en aquella situación tan deplorable que lo adoptó como si de un hijo se tratara. Lo protegió y lo llevó a la carnicería.



