Hoy por la mañana, mientras caminaba, me di cuenta de la estrecha relación que tenemos los humanos con un objeto.
La tenemos con muchos otros, pero este, quizás por anodino y eternamente desechable, solo nos fijamos en él cuando falta. Pasa desapercibido, a pesar de acompañarnos desde el nacimiento hasta después de la muerte.
Sí, estoy hablando de la caja.
Una caja es un objeto, de diferentes tamaños, generalmente con forma de prisma rectangular, con una abertura que se cubre con una tapa, que puede estar vinculada a la misma, su función principal está asociada con transportar, contener o agrupar elementos.
Naces y, si has llegado demasiado pronto, a la incubadora. Si llegas a tu tiempo, tendrás una cunita y un cochecito, que no dejan de ser cajas sin tapa o con media tapa.
Luego empieza el periplo: cajas de zapatos, cajas para guardar recuerdos, cajas de costura, de herramientas, de fotos; cajas de bombones, cajas de fruta, cajas como archivadores para tus apuntes… Aunque la más importante es la caja torácica pues los pulmones y todos los órganos del tórax están protegidos por una caja ósea.
Y cuando te quieres dar cuenta, ya has empezado a acumular cajas y cajas en tu garaje o trastero con utensilios o ropa que quizás no vuelvas a usar jamás. Llega la mudanza y ¿a quién recurres? A las cajas, bien etiquetadas para que no se te pierda nada
La caja es un objeto casi totémico. De hecho, buena parte de nosotros terminaremos nuestros días metidos en un una caja. Las hay terribles, como la caja de Pandora

o caja de los truenos, que contenía todos los males del mundo;

la caja negra, memoria dramática del desastre;

las cajas B, tan de moda últimamente y hasta las cajas de ahorros.

Cuando era niño me gustaba mi Caja de Ahorros. Era una entidad simpática, me abrió una cuenta gratis cuando nací y si hacía un ingreso mensual me daba unos cromos sobre temáticas variadas, al final de año, si había completado el álbum, además me hacía un regalo.
Y esas son las cajas que nos gustan a todos. Las que nos ayudan a mantener la esperanza de que en su interior haya ese deseado juguete en Navidad, ese par de zapatos que tanto nos gusta o ese anillo de boda que tanto anhela la novia casadera. Las cajas son a nuestra esperanza, lo que las ostras a las perlas, y hasta que no las abrimos, no sabemos qué va a suceder, aunque, dicho así, suene un poco Forrest Gump. Las cajas son esperanza y son deseo de seducción. Son el juego del escondite, son algo que soñamos un día, son una promesa de descubrimiento, son la esperanza de una vida y un mundo mejores.
Vivimos y trabajamos encerrados en cajas. Ciegos a la realidad circundante. Pero el problema es que, como estamos encerrados en una caja, no nos damos cuenta de ello y, por tanto, no hacemos nada por cambiar. Y así, los resultados tampoco varían.
Si tuviera que resumir su vida en una caja, ¿usted qué metería? Caja de fotos, de herramientas, de bombones, de recuerdos.
Después de esta reflexión os dejo con esta bella foto de una caja y os pido que aprendáis a valorarlas más, porque, aunque sean de cartón, también tienen sentimientos.




