El martes 10 de marzo, ya bien entrada la noche, el presidente de la Generalitat Valenciana, el socialista Ximo Puig, comparecía ante los medios para anunciar definitivamente la cancelación de las Fallas de 2020. Lo hacía con rostro serio, rodeado por buena parte de su Ejecutivo y tras días especulándose sobre cuándo se produciría esta decisión ante el evidente avance del coronavirus. Aquella noche se habló de que la «prioridad absoluta era proteger la salud de la ciudadanía y minimizar riesgos de contagio», a pesar de que horas antes se había celebrado, como cada día desde el 1 de marzo, la tradicional ‘mascletà’ en la plaza del Ayuntamiento que junta a miles de personas.
Ese mismo día por la mañana temprano, y no por la tarde-noche; me había levantado como siempre, con las greñas desordenadas, pero antes que nada me conecté un rato para ver “mi correo” y me puse muy contento. ¿Por qué? ¡Porque a esas horas ya habían correos felicitándome por mi cumpleaños! Al hábito de cumplir años cada cierto periodo de tiempo desde 1953, a eso, que es ir completando el circulo de mi existencia, a eso se le llama vivir.
Me desperecé con un ligero crujir de articulaciones, y fui directo hacia el cuarto de baño de puntillas para no hacer ruido, guardando el sueño de mi mujer.
Tres cuartos de hora más tarde, salía del baño aseado, bien afeitado, envuelto en suaves fragancias de mi colonia preferida y hasta canturreando entre dientes. No en vano era un día especial. Bien es cierto que como todos los años era el día de mi primera mascletá, pero en este se juntaba además, la visita de mi prima y familia de Cullera.
Eran las 12 cuando un tono en el móvil me indicó que ya habían llegado. Mi mujer y yo salimos de casa para unirse a ellos y emprendimos la marcha hacia la plaza del ayuntamiento.
La puerta del edificio estaba abierta, en el interior se veía una garita con un tipo leyendo el periódico. Aún no eran días de aglomeraciones esperando el ascensor. El edificio destinado a oficinas, es usado en época de fallas como de mirador por su excelente ubicación en la plaza. El ascensor nos llevó a la octava planta. Echamos a andar por un pasillo largo y anodino con muchas puertas ordenadas por letras, puerta D, puerta E. En algunas se distinguía un pequeño rotulo con el nombre de la empresa.
En el interior del despacho que entramos se habían arrinconado algunas mesas para dejar sitio a los visitantes. Generalmente clientes o amigos invitados. En otros despachos cobran la entrada, pero mi amigo no. Solo se entra invitado. Quedaban veinte minutos para las dos y nos metimos en un pequeño despacho privado junto con mi amigo que nos saco unas cervezas y varios platos de frivolidades. Tres carcasas distanciadas por minutos anunciaban el comienzo del evento seguido de la orden de rigor desde el balcón del Consistorio, de la Fallera Mayor de Valencia: “senyor pirotecnic pot començar la mascletà”


Un conjunto de efectos sonoros y visuales daban comienzo al espectáculo que va creciendo en intensidad y volumen de sonido conforme avanza. Seguido de truenos aéreos de intensidad mayor. Siempre se puede visualizar bien y normalmente va acompañado de colores y finalmente el Terratrèmol, parte en que los masclets de mayor potencia estallan en tierra a gran velocidad. En seis minutos todo a concluido, dejando tras de sí un olor a pólvora tan embriagador como para que volvieran a reverdecer los viejos sueños.
La pitusa que llevaba en brazos mi prima, ni se inmutó. Como si ya llevara en el ADN el ruido de origen.
Nos despedimos de mi amigo y nos dirigimos al restaurante La Utielana donde ya teníamos la reserva. Sobre las seis de la tarde acompañamos a mi familia a la estación y después de dejarlos en el tren, mi mujer y yo fuimos caminado hacia nuestra casa comentando los acontecimientos. Sin saber, ni esperar que esta sería hasta el momento “La última mascletà”




